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La Edad Dorada de Aden había terminado tiempo atrás...
La ambición y el eterno deseo de poder que late en todos los seres vivientes desplegó sus negras alas sobre la antigua raza de los elfos. Demasiada muerte y desolación había alcanzado ya la guerra sostenida contra los humanos; y vino a ser justamente un varón de carne mortal quien por medio de engaños, provocaría la escisión de los altos reinos élficos, marchando los pacíficos hijos de la Luz por un lado y los belicosos hijos de Shilen, los temidos “oscuros”, por otro.
La caída del arrogante emperador Baium y las sucesivas luchas mantenidas entre elfos, humanos, orcos y enanos no hacían más que debilitar al continente, sumiéndolo en un caos del que tal vez, jamás podría recuperarse...
Sin embargo, la voluntad y el coraje de ciertos humanos excepcionales permitieron al Reino de Aden mantenerse firme ante toda aquella marea de aterradoras amenazas, convirtiéndose en un bastión de nobleza y poder a los ojos de todos los habitantes del mundo conocido.
Un tesoro tal vez, codiciado por muchos...
Pasaron los días antiguos de las leyendas y los cantos y nuevas penalidades sobrevinieron en el continente. Un alto líder de la raza oscura a quien llamaban Fritz reunió a renegados y asesinos bajo sus órdenes hasta formar uno de los más poderosos ejércitos nunca vistos. Era conocido como la Sombra Púrpura.
Gobernaba los destinos de Aden el último de los descendientes de los grandes monarcas, el emperador Larion I. Él vio crecer día a día el poder y la maldad de Fritz y temió que una vez más, la oscuridad cayese sobre el reino que con tanto ahínco habían defendido sus antepasados. Resuelto, Larion partió a hacer la guerra contra la Sombra Púrpura marchando al frente del glorioso ejército de Aden.
Cruentos fueron los largos años de feroz campaña y grandes hechos en ella acaecidos aun se narran en los poemas de los bardos; pero de entre ellos, ninguno es más triste ni más bello que aquel que cuenta entre lágrimas como el augusto emperador de Aden cayó en batalla, pugnando por su vida al caer preso en las manos del enemigo.
Fritz sonrió creyendo ver abierto el camino hacia el trono, mas aun quedaba una última esperanza para Aden. Aquel que administraba los territorios del emperador, aquel a quien en días posteriores se conoció únicamente con el título de Senescal, llamó a los condados y reinos lejanos del continente para ofrecer una última defensa ante las puertas de la Gran Ciudad.
Su blanca armadura reflejando los rayos del sol disiparon la oscura sombra y un mar de espadas consiguió, contra todo hado, que el ejército de Fritz se estrellara en su última acometida y sus fuerzas fueran deshechas para siempre, temerosas de la furia mostrada por los aguerridos defensores de la dorada Aden.
El enemigo huyó y el Guardián del Trono permaneció en la ciudad. Puede que la guerra hubiese terminado, mas la amenaza nunca desaparecería mientras la Corona de Aden no reposase sobre la cabeza del soberano que habría de traer definitivamente la paz.

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